Siempre he sido una niña súper protegida, mis hermanos mayores que hacían de padres y mis propios padres siempre han intentado protegerme no dándome la información que creían que no debía saber, imagino que cuando fue mi abuelo el que enfermó allá por 2007, lo hicieron con más razón.

Pese a no vivir con él o igual gracias a ello mi vínculo con mi abuelo era muy  fuerte, siempre bromeaba con que era el hombre al que más “achuchaba” en mi vida. Me encantaba pasar tiempo con él, que me contara una y otra vez sus batallas de cuando trabajaba en Alemania, y yo las escuchaba con el mismo interés que la primera vez. Imagino que por eso mi madre no me dijo que mi abuelo tenía Alzheimer hasta que la enfermedad ya era muy evidente, tampoco hizo falta, yo ya lo sabía, conozco perfectamente la enfermedad y sabía que era eso lo que tenía.

Recuerdo la primera vez que no me reconoció, fue muy duro, ese día fui consciente de que empezaba la cuenta atrás y que en breve perdería a mi abuelo, también recuerdo como mi tía se sorprendió al ver como después de estar meses sin reconocer a nadie, una de las veces que fui a verlo me llamo por mi nombre, posiblemente fui a la última persona a la que reconoció. Llore mucho tanto la primera vez que no me reconoció, como la última que si lo hizo.

Reconozco que fui egoísta y perdí las ganas de ir a ver a mi familia, era muy doloroso verlo apagarse. Pero por otro lado, por mi profesión, era yo lo que tenía que hablar con médicos y servicios sociales para que mi abuelo recibiera toda la ayuda que necesitase, creo que el tratar el tema desde mi trabajo me ayudó a dejar un poco al margen lo sentimental, bueno, no sé si me ayudo o yo me escondí en eso. Puse todas mis fuerzas en que mi abuelo estuviese lo más atendido posible, ya que aunque ella no quisiera, veía a mi madre llorar agobiada por la situación en la que estaba su padre y no poder atenderlo todo lo que le gustaría.

Lento, muy lento, por suerte o por desgracia mi abuelo nos dejó antes de necesitar una grúa o una cama articulada y justo cuando le ampliaron las horas de ayuda a domicilio, no quiero imaginar cómo lo tienen que pasar los familiares de enfermos que llegan a ese momento de la enfermedad…

Mi abuelo murió a los 82 años, ya era una persona muy dependiente no se duchaba, ni comía, ni hablaba, pero si andaba. Poco antes de la Semana Santa del 2012, tras varios ingresos, ingreso en el hospital de nuevo con un problema pulmonar. Mis padres y mi hermana aprovecharon los días festivos para ir a estar con él, yo me quede en casa por que trabajaba. Recuerdo perfectamente, el sábado antes de morir, yo trabajaba de animadora infantil y teníamos un evento todo el día en un restaurante, con juegos, bailes y diferentes actividades. Antes de empezar llame a mi madre para ver cómo estaba mi abuelo, cuando colgué, aunque mi madre no me lo dijo, sabía que se moría. Efectivamente, la mañana siguiente murió. Las dos peores horas de mi vida, fueron el camino hasta llegar al tanatorio, pase por momentos de rabia, por perder al hombre más importante de mi vida, y momentos en los que se me escaba una sonrisa recordando lo vivido con él.

Creo que cuando la enfermedad llego a mi vida el egoísmo lo hizo con ella, imagino que cada familiar lo vivirá de una manera, pero yo en el fondo me alegre de que nos dejara, no quería que mi abuelo fuese recordado como una carga o como un ser inerte, quería que lo recordáramos como la excelente persona que fue, cantando, bailando, jugando con  nosotros y no en una cama sin poder moverse, desde ese momento entendí lo importante que era aprovechar al máximo los momentos que tienes con la gente que quieres. Despedir a una persona con la que tienes la certeza de haber vivido al máximo  y con la que no tienes nada pendiente es mucho más fácil y si cuando vuelves la vista atrás todo lo que ves son recuerdos bonitos es lo más maravilloso que te puede pasar.

Así lo vivo yo, estoy feliz de haber tenido durante 29 años en mi vida, al hombre más especial que he conocido y pasen los años que pasen ese será mi recuerdo.