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Era un día como otro cualquiera y, sin embargo, todo parecía diferente, estraño, ajeno.

Había salido el sol que dormitaba sobre una anodina capa de nubes distraídas. A través de los ventanales del salón, se oía el ulular de las palomas.

Él estaba allí, mirándose las manos, con el grifo abierto. Algo no encajaba.

Se miró al espejo y comenzó a caer en un abismo profundo. Oscuro. Aterrador.

¿Cómo había llegado allí? ¿Cómo salir del laberinto que ahora era su cuarto de baño?

Desorientado, y con el gesto fruncido, logró atravesar la puerta, con tanto esfuerzo que las tinieblas se hicieron más densas.

 

Había sido un hombre de principios. De esos que lucha por lo justo y contra la injusticia. Un caballero que no estaba en venta, ni sucumbía al poder de Don Dinero.

Había mejorado la vida de incontables personas. Había luchado en una guerra. Había mirado frente a frente al horror de la muerte, del fuego y la metralla, de las persecuciones por ideales. Nunca se rindió. Se endureció.

Se había hecho a sí mismo. Su inmensa curiosidad le llevó a aprender todo lo que quería, pues la verdad está en los libros y, por eso, enseñaba a otros a leer.

Un incansable guerrero que jamás cambió el color de su chaqueta, en donde otros lo hicieron.

 

¿Dónde está la cocina? ¿Había comido? Exhausto y desorientado se sentó en aquel sillón por inercia. Miro a la calle. La plaza repleta de niños corriendo… ¿Había sido niño?

Oyó un sonido seco, sordo. Se agazapó instintivamente. ¿Donde estaba el refugio anti bombardeos?

 

La casa estaba en silencio. También era un silencio extraño y ajeno. Agudizó el oído. Silencio.

Pensó… Trató de pensar… Nada.

Recordó… Intentó recordar… Nada.

Nada. Su cerebro era como una hoja en blanco que perdía renglones cada segundo. Lo que recordaba ahora, se desdibujada al segundo siguiente.

Vio una foto en la mesita que había a su derecha. Era antigua. Una mujer hermosa con la bondad hecha mirada. Le resultaba peculiarmente familiar. Como si la conociera desde siempre y, al mismo tiempo, sin reconocerla de nada.

Tuvo miedo. Un miedo atroz sin razón aparente. Enterró la cara en sus manos… Lloró.

Lloró como un niño indefenso que se ha soltado de la mano de su madre.

 

Oyó el sonido de la puerta. Se cortó el llanto. Se quedó quieto, aún con miedo, a la expectativa. Entraron varias personas. ¿Qué hacían aquellos desconocidos en su casa? Se sintió vulnerable. Solo.

Se relajó al ver sonrisas en sus rostros. Parecían conocerle, pero… ¿De qué? Se esforzó mentalmente, en silencio, con todas sus fuerzas.

 

Nada. Silencio. Ni una sola imagen por recuerdo.

 

Contuvo las lágrimas de nuevo que se agolpaban en sus ojos, perdidos en aquel jeroglífico sin sentido.

 

Una niña salió de entre el pequeño grupo. Con dos coletas, gafas y un chándal amarillo horroroso. Pero con una sonrisa enorme y ojos ávidos de curiosidad. Le abrazó.

  – La nena…- Susurró aliviado.

No recordaba el nombre de aquella pequeña. Pero era algo suyo, eso seguro.

Alivio. Ya estaba algo menos solo.

  – No me funciona el reloj. ¿Puedes arreglarlo, abuelo?.- Preguntó dulcemente la niña.

  – Claro.

Y se puso manos a la obra ante la atenta mirada de la pequeña que escudriñaba cada movimiento.

Era su nieta… Su nieta. La nena…

Ahora todo volvía a parecer algo más familiar. Los renglones torcidos de la historia de su vida, caían más despacio. El miedo dejó paso a la ternura y a aquel reloj con forma de dibujo animado.

 

Luego llegaría la noche y volvería el miedo. “Lo que fui no es lo que soy” se repetía con la esperanza de “volver a ser”. Y así un día y otro día y otro… Sin recordar el día anterior.

 

Le habían arrancado su esencia. Pero, de vez en cuando, en algún rostro, hallaba un faro que alumbraba el vacío y una amarra que lo ataba a puerto.

 

Se perdía y se volvía a encontrar cada día. Como un macabro bucle infinito del que era imposible salir vivo.

 

Cristina Martínez

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